Crisis en Canarias

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Gran Canaria arde: fragilidad, presión y desconexión.

Posted by juanjesus en julio 30, 2007

El incendio de Gran Canaria es una muestra trágica de varias pautas de funcionamiento de nuestra sociedad, y da pistas de riesgos que probablemente suframos en más de una ocasión. Intentar conocerlas es la mejor de afrontar la disminución de los mismos:  

Desconexión: el abandono del territorio forestal. La falta de administración del manto de pinocha, y en general, el abandono del medio rural, acentúa los riesgos de incendio. Normalmente, la relación con el monte – un monte humanizado desde hace generaciones, sólo recientemente dejado a la “gestión natural”, se realizaba por parte de los pobladores de la zona. Eran ellos los primeros y últimos beneficiados/perjudicados de la gestión de ese recurso, que tenía un carácter económico importante: obtención “sostenible” de leña, cama para el ganado, alimento para animales, etc. No existe hoy la economía local que mantenía ese sistema en contacto más o menos estable con la población circundante. La dejación de la administración del bosque a la administración pública se hace tarea harto compleja: distribución extensiva de medios de los que se carece, por motivos varios; inmensidad del medio a “gestionar”, lo que implicaría un despliegue no existente hoy en ninguna isla, y quién sabe si posible o realmente eficaz para la labor que se precisa: el mito del control “total” de una actividad por parte del despliegue de medios tecnológicos se sitúa una y otra vez ante la pertinaz tozudez de los hechos: no es posible generar el mar inmenso de tecnologías capaces de sofocar cada uno de los riesgos de esta “sociedad del riesgo”. Sin embargo, la alternativa social ante la “desconexión” es mayoritariamente la exigencia de la “gran tecnologización”, como mantra redentor de nuestro pecado original de ser ajenos a aquello que decimos defender, cuidar o atesorar.  Presión: es indudable que la presión poblacional invita a la extensión de los riesgos. El tránsito humano más o menos fluido – estimulado por la movilidad motorizada prácticamente autónoma que tienen los habitantes insulares – por zonas de alto riesgo para el incendio, sean estos personal protector, o deambulantes por la zona, supone un riesgo mayor que el “aislamiento” del monte en épocas de menor presión poblacional. Este factor de riesgo, por motivos obvios, suele ser omitido de los análisis públicos, pero juega un papel importante en la presión de los ecosistemas. De todos es sabido que la mayor accesibilidad a una zona, por cualesquiera medios, obra en perjuicio inversamente proporcional a la posibilidad de su preservación.  

Fragilidad de un sistema complejo: el modelo actual ha “asaliarizado” las relaciones entre el medio natural y las personas, otorgando pues valor monetario al fuego y a la catástrofe, que pasa a engrosar la cuenta de resultados: probablemente se gastará más energía, dispositivos contraincendios, material de avituallamiento, etc. en estos días de trágico incendio, lo que engrosará cuentas económicas. También se pagarán más sueldos, y se moverán más recursos. No se provoca un incendio por estos motivos, evidentemente. Pero conviene compararlo con la “percepción” de las pérdidas “naturales”:  éstas, excluyendo los daños materiales sobre inmuebles, o los daños personales directos, se difieren por parte de la sociedad moderna, a un cómputo ambiguo y, aparentemente, lejano en el tiempo: se perderá paisaje, pero éste carece de valor cuantificable para la economía cotidiana, y no es seguro que repercuta en la economía básica de una zona – es más, la triste tragedia puede atraer más población “visitante” al centro de la isla en los próximos meses: la novedad es la esencia del turismo -; también se perderá capacidad de captación de agua, pero hoy la isla obtiene la práctica totalidad del agua de la desalinización del mar o de los declinantes pozos, por lo que no percibirá inmediatamente la pérdida de capacidad de infiltración de la corteza insular; se incrementará la erosión, pero esta cuestión hoy carece de la importancia que antaño, puesto que el medio rural está desertizándose físicamente desde hace muchos años, al no obtener los alimentos del suelo grancanario sino del suelo de otros países de donde se importa la comida que se distribuye en la isla; se pierde material vegetal, pero su renovación inmediata – básica en una economía rural – no es tan urgente para una sociedad que, aun en el porcentaje que vive en el centro de Gran Canaria, obtiene más ingresos de la restauración que de los productos del monte. Así pues, el incendio mueve y remueve las conciencias por el grave daño que hace, aunque los destrozos que se perciben – percepción que proviene de la creciente concienciación del cuidado del medio ambiente natural por parte de la población  – no tienen mucha conexión con el medio actual de vida de la población. Es más, la práctica totalidad de la población desarrolla sus tareas y obtiene su ingresos, ajena a esta catástrofe. Antes, al menos para los que allí vivían, no ocurría así: un incendio suponía una catástrofe, también para la supervivencia de la población. 

Por otro lado, la “asalarización” del monte nos lleva a analizar el hecho de la  provocación del incendio por el trabajador forestal, desde el punto de vista “contractual”. Independientemente de la lógica condena que nos merece el hecho, el trabajador que se encontraba vinculado a la posibilidad del fuego, de la misma manera que un enterrador precisa de los fallecidos, un médico de los enfermos y un maestro de sus alumnos, “necesitaba” que la actividad que le mantenía conectado con la sociedad actual – la preservación del fuego del monte – se mantuviera, y se evidenciara a través del riesgo claro. Así, si un maestro necesita suspensos para que haya refuerzos y desdobles en las aulas – Iván Illich -, un trabajador de este tipo necesita que la administración – es a quien se debe, y el monte no es sino el intermediario – perciba el riesgo, para garantizar sus emolumentos. El trabajador lo ha conseguido, lamentablemente. Queremos decir aquí que, afortunadamente, parece que no es ese el comportamiento general de la población, y que la censura social sobre estos hechos funciona como medio de control social para intentos de semejante catadura. Pero también es cierto que el entorno institucional que relaciona al trabajador con el medio y la institución brinda la oportunidad al desaprensivo, de forma más abierta que en un medio en el que él, trabajador, hubiera perdido más que ganado al producirse una alarma de incendio. El balance de costes y beneficios, en este caso, ha jugado una mala pasada al medio forestal, fundamentalmente porque en el esquema del “asalariado”, el coste de quemar algo “ajeno” a su real medio de vida – el suelo del erario público – es inferior al beneficio de obtener un ingreso más estable, al fin y al  cabo su modo de integración en esta sociedad. En último lugar, este hecho nos pone enfrente el riesgo tremendo de un sistema complejo: desarticulada la relación entre el monte y el ciudadano, aquél pierde su valor sagrado, como se han perdido los conocimientos sobre el funcionamiento del mismo y del manejo de sus incendios, dejándose a los técnicos de conocimientos generales pero poco localizados en el medio. Esta desconexión es extensible a multitud de relaciones socioeconómicas y ecológicas en nuestra vida cotidiana. Un hecho puntual en la sociedad moderna pone en la picota un sistema entero: un sabotaje puede dejar sin electricidad a una isla; un accidente puede afectar gravemente a la vida de personas en circulación; un problema con un motor puede dejar sin agua a cientos de miles de personas; etc.  La fragilidad se ha instalado en nuestra sociedad, en forma del riesgo, en acertada expresión acuñada por Ulrich Beck. Un riesgo consentido y asumido, pero crecientemente difícil de gestionar. Los medios para combatirlo son crecientemente inaccesibles en una sociedad en crisis. Como nos dirigimos hacia una grave crisis económica y de recursos, la capacidad de la sociedad para atajar sus consecuencias será cada vez menor, lo que implicaría la necesidad de abordar el análisis de los riesgos, y la búsqueda de su creciente desaparición, desde el origen, reformulando nuestras relaciones con el medio que, al fin y al cabo, algún día nos volverá a dar de comer.

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